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El mal permitido y el bien oculto.

Qué es el sufrimiento y cuál es su sentido.

Decía Santo Tomás en su Suma Teológica que “Todos los males que Dios hace o permite que se hagan se ordenan a algún bien; mas no siempre para bien de aquel en quien está el mal, sino que a veces es para bien de otro o también de todo el universo. Así, la culpa de los tiranos la ordenó para bien de los mártires; y ordena la pena de los condenados para gloria de su justicia.”

Este enfoque no elimina el dolor, pero lo sitúa en un mapa más grande. La idea de que el mal no es un fin en sí mismo, sino algo que puede ser absorbido en un bien mayor —aunque no siempre personal ni inmediato— da una cierta paz racional.

No es un consuelo fácil, pero ayuda a entender que el mal no tiene la última palabra. Lo que hoy duele, mañana puede servir para conocernos mejor, tomar decisiones con más claridad o relativizar problemas que antes parecían enormes. Así, el dolor se convierte simplemente en un tramo del camino, no en el destino.

Esta comprensión no es solo práctica, sino que responde a una verdad filosófica profunda: el bien es naturalmente anterior al mal. Los sentimientos negativos como el odio o la tristeza no surgen por sí solos, sino que dependen de un interés o deseo previo hacia algo bueno. En este sentido, el mal no puede existir por sí mismo ni ser causa de sí mismo, sino que siempre es una desviación o privación del bien.

Por eso, la causa última del mal es el bien, ya que el mal carece de una causa propia.

Con suerte, la próxima vez que enfrentemos un dolor, recordaremos que no es un final, sino parte de un proceso mayor que pueda llevarnos a crecer y aprender.

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